De entre las vastas llanuras desoladas, áridos
parajes de sol vibrante, apareció un hombre encapuchado. La tela morada que
protegía su rostro del sol y la arena, dejó que la atmosfera presenciara su
hermoso rostro. A pesar de lucir ojos profundamente cansados, sus rasgos
masculinos, viriles y perfectos aún sin perder la inocencia, y sus ojos verde
oscuros como el musgo; le daban un aspecto interesante, hermoso, y hasta
deseable.
El camello que montaba parecía enérgico y lleno de
vida, como que fuera casi inmune al calor abrazador del sol. El muchacho
sostenía apenas las riendas ya cansado de tantos días cabalgados sobre la
arena.
Si bien no se detuvo, algo hizo que titubeara el
paso. De la nada había aparecido frente a él un pequeño niño, con la cabeza de
lo que parecía un perro salvaje en sus manos. El kilt verde que vestía estaba
manchado de sangre apenas cubierto por la amarillenta camisa, también manchada
y a la vez roída por garras abismantes. Su pelo negro lleno de sudor cubría su
frente y parte de su ojo derecho, ambos grises claros como el cielo en una
mañana fría y nublada.
El chico hablaba un idioma raro, ininteligible para
el hombre sobre el camello. El cabalgante no sólo no lo quería escuchar, si no
que quería seguir su camino ignorando por completo la presencia del niño con
apariencia de salvaje, quería ir lejos de ese ser incomprensible.
El chico desesperado ya con lágrimas en los ojos,
metió una de sus manos en algo que escondía en su espalda, como un compartimiento
secreto en su kilt, y sacó un libro pequeño pero extenso a simple vista. De
negra cubierta y aspecto misterioso sólo era adornado por una cruz en el centro
forjada en brillante plata.
‘Cristiano’, pensó el cabalgante, y con
desconfianza aguardó a que el chico siguiera intentando comunicarse aunque no
entendiera su mensaje. El chico le apuntó con su dedo una dirección en el
desierto, como preguntado que se encontraba más adelante. El jinete le extendió
su mano pero no en señal de ayuda, si no esperando el precio del viaje.
El chico volvió a meter su mano en la espalda para
sacar algo de valor. Lo que destelló con los rayos del sol fue un crucifijo
dorado con esmeraldas incrustadas, cual joya hierofante. Luego que el hombre lo
tomara pasmado y en encanto por el artilugio, hizo arrodillar al camello para
que el pequeño pudiera subir, y así llevarlo por el arenoso infierno.
El niño subió al camello afirmándose del torso de
aquel apuesto joven de cara cubierta. No iban muy aprisa por la arena, en
efecto, podría haber sido un paseo dominical, sobre todo acompañado de los
cánticos ancestrales producidos por el joven. A pesar de que el niño entendía
absolutamente nada de lo que se recitaba en la canción, su mente viajaba por
hermosos parajes de oriente medio, su mente ponía una cítara que acompañaba
imaginariamente al hombre. El pequeño y sin dudarlo dos veces, sacó desde entre
la capa de piel que llevaba en los brazos una gaita negra como la carne
quemada, y dicho sonido traía consigo el espíritu de los highlanders.
La voz típica de medio oriente junto a la gaita y
la cítara que parecía venir del viento, creaban una melodía que hipnotizaba,
como si juntos evocaran una sirena bondadosa que sólo quisiera el deleite de
los hombres.
A pesar de que no fueron largos minutos ni un largo
camino, el placer producido por la producción musical lo hizo eterno en un
espacio paralelo, dónde el tiempo avanzaba muchísimo más lento y se daba
permiso a embriagarse.
El joven seguía cantando sólo dejándose llevar por
la música que inundaba sus sentidos, pero el pequeño se sentía distante y
extraño. No era algo que el pequeño hubiera sentido antes. Nunca había tenido
la oportunidad de tocar música con alguien más, mucho menos en el desierto y
con un completo desconocido. Dejó de pensar y sólo se dejó llevar por la
música. La arena bailaba con el viento y el humo de incienso ascendía a los
cielos en una suerte de espiral místico llevándose las plegarias.
La mente les mostraba largas caravanas de camellos
avanzando en el desierto, cargados de sueños e ilusiones que les daban la
energía necesaria para seguir viajando día y noche, acompañados del sol y las
estrellas. Sólo el destino conocía el mapa, y el tiempo su estación final.
En el brillante cielo nocturno y por sobre los
camellos, apareció una estrella fugaz que iluminó el cielo estrellado. Todo se
inundó de blanco poniendo fin a la fantasía, que terminó cuando un fénix del
porte de un ave pequeña surcó el cielo sobre las cabezas de los viajeros.
El joven paró el animal que montaba en seco, y
estupefacto miró a la bestia que acababa de pasearse frente ellos cubierto en
llamas.
El niño, por otro lado, si bien se asustó por el
animal que pasó cerca de él sin que nada lo advirtiera, estaba totalmente
acostumbrado a que le sucedieran cosas extrañas.
La llameante ave pareció volar en espiral mientras
descendía para quedar elegantemente erguido frente a los viajeros. El ave los
miró detenida, y bajó las alas a medida que también bajaban las llamas que la
envolvían. El fénix se acercó y a medida que cerraba los ojos, iba aumentando
gradualmente su tamaño como por arte de magia, y fue tomando forma humana.
El joven nunca había visto a aquella mujer de
castaños cabellos y blanca piel. Le pareció hermosa, pero le aterrorizaba
pensar que lo más probable era que fuera una bruja por poseer tan asombrosos
poderes.
- He venido por ti, Oliver. – dijo la chica casi
sin aliento por el cansancio. - ¡¿cómo se te ocurre venir acá?! ¡y solo!
- No fui yo el que llegó, simplemente aparecí luego
de que me atacaran. – respondió el chico bajándose del camello.
Oliver volteó para darle una reverencia a quien lo había
llevado por el desierto, pero el joven patidifuso, consternado por ambos
individuos tan extraños que se conocían entre sí.
La mente del joven evocó el recuerdo del chico con
la cabeza y lo asoció con la chica de asombrosos poderes. Metió sus manos en el
bolsillo donde había guardado el crucifijo con el que había sido pagado, lo
sacó con las manos temblando de nerviosismo y a duras penas lo lanza a los pies
de Oliver. Con dificultad se hacía entender, pero se interpretaba que no quería
volver a ver a esa pareja de extraños jamás, se dio vuelta para seguir
corriendo en el camello por un camino alterno hasta que se perdió su imagen
entre las dunas.
- Era bastante apuesto, pero demasiado mortal para
mi gusto. – dijo la chica sacudiéndose el pelo de la arena luego de levantarse
del piso.
- ¿Dónde estamos, Khala? – la chica parecía estar
en una fantasía con el apuesto joven, hasta que Oliver la interrumpió con su
pregunta.
- Estamos en Kronia.
- ¿Kronia?
- Si, Kronia, medio oriente. Estamos en medio del
desierto. Viajaste kilómetros y no sabes cómo llegaste. – Oliver ya se estaba
acostumbrando al tono irónico de la chica.
- Sólo recuerdo un flashazo…
Comenzaron a caminar sin aparente rumbo fijo. El desierto
no parecía acabar nunca, y Oliver sentía como la arena entraba en casa pliegue
de su piel, incluso algunos bastante incómodos.
Oliver no recordaba que cuando el inmenso wargo se
abalanzó sobre él, de pronto ya no estaba en Mitgar, si no en lo que ahora conocía como Kronia, el
interminable desierto al que no sabía si quiera como llegó, pero al que
definitivamente no quería volver a ver. Sólo pensaba en que quería volver con
los suyos.
- ¿Dónde vamos precisamente? – Oliver no veía nada
más que arena, y ya estaba cayendo en desesperación.
- En este
momento a cualquier parte, pero lejos de aquí.
- ¿Por qué? ¿Es peligroso?
- Piensa que al sur está el océano de las penas, y
el nombre indica que no es precisamente un lugar para vacacionar.
- Pero, ¿y entonces?
- Kronia es un país que sólo tiene una ciudad, no
es un país muy grande, pero no es un lugar como todos los demás.
- ¿Cómo?
- ¿Por qué haces tantas preguntas, Oliver? Es un
país cubierto por un anillo de fuego, debemos salir de aquí antes que nos hagan
algo. La gente de Kronia no es muy amigable con los extranjeros.
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