El brillante sol anaranjado aparecía lentamente de
entre las montañas por el este. Los verdes prados brillaban con el rocío, y las
mariposas despertaban para aletear por sobre las flores. Las aves comenzaban a
cantar desde los árboles aún con miedo de que los pudieran asechar de donde no
había suficiente luminosidad como para distinguir el bien y el mal.
Sobre una pequeña sequia que atravesaba algunas tierras,
había un puente de podrida madera mohosa que parecía indestructible. Desde ahí,
se pudo distinguir una vaca peculiarmente gorda con un niño en su lomo. La vaca
y el niño sonreían (la vaca literalmente sonreía), y el niño con las piernas
abiertas jugaba con el equilibrio mientras la vaca parecía avanzar con pequeños
saltos al compás de las carcajadas del niño.
Oliver vestía una camisa que en algún momento debió
haber sido blanca, y un kilt verde con franjas color crema, pero a decir
verdad, parecía el supuesto blanco de la camisa.
Oliver era un chico de quince años, aunque todos lo
vieran de a lo más unos trece. Tenía cara de niño pequeño, ojos grises
sumamente grandes, y unas mejillas rosadas que le daban un aspecto bastante
tierno.
Tenía tres grandes amigos, y en realidad eran los
únicos. Por un lado, estaba Julia, la obesa vaca de tío Bruno, a quién le
encantaba jugar con Oliver. Nadie entendía como una vaca podía entender a un
niño de quince años. Por otro lado estaba Rowen, un cuervo salvaje que se
decidió abandonara su parvada para disfrutar en solitario hasta que conoció a
Julia y Oliver. La gente creía que podrían hablar entre ellos, pero a decir
verdad nunca nadie los vio si quiera cruzar una palabra.
Finalmente, pero no menos importante, su amiga
inseparable era su gaita. La bolsa estaba hecha del estómago de Bárbara, una
cabra que había tenido su tío Bruno hasta que esta se cayó de un barranco. Como
había amado tanto a esa cabra, no quería perderla completamente, así que con
unas cañas confeccionó la gaita que muchos decían producía un sonido perfecto.
Oliver no supo la historia hasta que tuvo trece años, y eso que la gaita la
recibió cuando cumplió diez. A su tía se le había salido el secreto un una cena
con sus vecinos por navidad luego de jugar a los reyes, quien perdía debía
beber. Es de suponer, que su tía Vianka había perdido el juego.
Oliver sólo vivía con Bruno y Vianka, sus tíos. Él
no conocía en persona a sus padres, sólo los había visto en pinturas. Por alguna
razón, Vianka guardaba entre sus ropas un cuadro pequeño de la madre de Oliver.
Según ella, ese cuadro había sido regalado por un hermano de su padre hace
mucho tiempo atrás, y lo que siempre habían pensado los tíos del muchacho, es
que la razón del regalo era para que el chico al menos conociera a su madre por
medio de alguna imagen corpórea.
Oliver sabía bastante poco de su familia, pero era
porque no le causaba mayor interés. No los conoció ya que su madre murió en el
parto y su padre en la guerra cuando el bebé tenía sólo tres meses. Para él,
hablar de sus padres no era un tema ni doloroso ni interesante. Sólo era un
tema de conversación más.
En realidad Oliver creía que sólo importaban sus
tíos, que eran quienes lo mantuvieron, le enseñaron y por supuesto, le dieron
amor. El muchacho amaba mucho más a sus tíos porque eran quienes verdaderamente
se habían preocupado por él, aun sabiendo que tenía otros familiares esparcidos
por el mundo.
Oliver pasó sus grises ojos por el cielo mientras
Julia danzaba apaciblemente al lado del árbol donde el chico se había
encaramado. En una rama baja, Oliver había subido para luego acostarse en ella.
Veía como se movían las nubes por el cielo celeste, iluminado por el sol que había
comenzado hace poco a esparcir sus dorados rayos de luz. Sus sentidos aún
estaban atontados porque sólo se había lavado la cara después de levantarse y
se había dirigido a alimentar a Julia.
Oliver como todo niño en Campshire, debía ayudar a
sus padres o cuidadores en las labores domésticas. Campshire era un pueblo en
la zona rural de Avalon, nación de los Chii y los highlanders. La gran mayoría
de las personas de Campshire vivían de labores campestres como la cosecha y la
ganadería. Muy pocos se dedicaban a otras labores. Con suerte había médicos y
profesores, ni siquiera había un banco en el pueblo.
Era un pueblo sumamente pequeño, pero aun así tenía
una plaza central que estaba al frente del municipio y rodeada por pequeñas
tiendas de ropa, comida y joyería barata. No había un mercado, pero si una
pequeña librería donde a Oliver le encantaba ir incluso cuando no encontraba
alguna excusa para entrar y hojear algún libro.
Oliver solía ir al centro del pueblo a caminar
después de alimentar a Julia, a quién debía dejar en la granja por que podría
causar algún accidente por lo grande y juguetona que era. Lo que disfrutaba
mucho hacer, era ir a plaza a observar a la gente que pasaba. Una vez, se
encontró con un cuervo en la cabeza de la estatua que ahí se ubicaba, pero lo
más extraño de todo, era que el tal ‘Eliot Lancaster’, de quien nunca había
escuchado, tenía un cuervo en el hombro derecho. Incluso a Rowen le pareció
extraño, pues ni siquiera él se acercó al cuervo que por cierto tenía un
aspecto de pocos amigos. Si bien Oliver podía tener una pequeña comunicación
con Rowen, le fue imposible entablar una conversación con aquel cuervo.
- Creo que ha llegado el capitán cuervo. – dijo una
mujer bastante nerviosa a una joven que llevaba un pequeño niño en sus brazos.
Por alguna extraña razón la gente que había oído
eso demostró bastante nerviosismo, tanto que incluso por un instante pareció
que el pueblo había caído en pánico colectivo. Era evidente que la historia que
a Oliver en algún momento le pareció absurda, parecía no ser sólo un cuento
para Campshire. Sin embargo, y como el muchacho había supuesto, la historia no
daba para mucho, y eso se había evidenciado cuando Oliver había llegado de
vuelta a su granja, donde todo estaba como lo había pensado, en absoluta
normalidad.
Cuando el sol se escondió y sólo la luna iluminaba
la granja, Oliver ya había hecho todo lo que debía. Había cortado la leña,
dejado a Julia en el establo que tenía para ella sola, y dio de comer a Rowen.
Vianka ya había servido la cena, Bruno, había abierto el vino y estaba todo
listo, sólo faltaba que Oliver se sentara a la mesa.
El ganso que había preparado Vianka estaba
estupendo. El niño amaba la comida que su tía preparaba para la familia.
- Necesito que mañana vayas a buscar moras al
monte, Oliver. – dijo amablemente Bruno, rompiendo el silencio.
- Está bien. – Ir a buscar moras era la tarea
favorita de Oliver. Amaba estar en contacto con la naturaleza, y para eso no
había mejor lugar que el monte a la salida del bosque cercano a Campshire.
- Las ocuparé para hacer un pastel y mermelada, Oliver
– Vianka le sonrió al muchacho – y para eso no hay mejor que las moras
silvestres y frescas.
Oliver termino de comer, y como sucedía algunas
noches, Bruno y Oliver tocaron música mientras Vianka cantaba como sobremesa. Las
llamas de la chimenea parecían dejarse llevar por la música y la intensidad de
la luz atontaba en cierta medida los
sentidos de los habitantes de la cabaña. El laúd de Bruno estaba bastante
gastado y cuidado de mala manera, pero de ninguna forma eso significaba que el
instrumento sonaba distinto. De hecho, el laúd sonaba bastante bien al punto de
hacer parecer a Bruno todo un juglar medieval interpretando un canto épico.
La noche estaba con la frescura precisa. Sólo se
escuchaba el agua de la sequia correr y de vez en cuando las hojas al moverse
con el viento. Cuando creyeron que ya era lo suficientemente tarde, guardaron
todo, ordenaron para irse a descansar después de ese largo día.
A la mañana siguiente todo era como todos días. A la
excepción de que como debía ir por el encargo de tía Vianka, Oliver no podía
salir a pasear o jugar con Julia. Se vistió cuando sus tíos aún dormían sin
meter ruido, posó a Rowen en su cabeza, y se dirigió al establo donde le dio de
comer a Julia.
- No podrás salir hoy. Debo hacer algo importante.
Mañana sin falta.
Con un mugido la vaca pareció responderle, el
pequeño le dio una sonrisa y se encaminó al monte por el pedregoso camino que
llevaba a la cima del monte. No solía haber animales en el camino más que conejos
entre la hierba que sólo veías cuando saltaban, o ciervos a la entrada del
bosque, pero ese día una atmosfera oscura y tenebrosa había espantado a todos
los animales. La impenetrable burbuja feliz de Oliver había evitado que el
muchacho se diera cuenta, pero Rowen se mostraba intranquilo y eso llamó la
atención del niño.
- ¿Qué sucede? – preguntó el niño.
‘Siento algo extraño’ resonó en la mente de Oliver
con la voz del cuervo.
- Sacaré las moras para tía Vianka y nos vamos.
Oliver se encontró moras en el camino, unas que
cubrían la superficie de piedra del monte. El chico se acercó a sacar las que
necesitaba, hasta que Rowen graznó frenético. Lo miró pero no entendía nada. Sólo
se dio cuenta de que el graznido lo estaba haciendo mientras miraba a otro
cuervo que sobrevolaba el monte en círculos. Oliver muy extrañado se apuró a
sacar las moras y decidió seguir subiendo para ver qué era lo que sucedía.
Rowen si bien se mostraba inquieto (Oliver recién
se había percatado), no era una inquietud que mostrara que corrían peligro,
sólo se sentía incómodo. Sin embargo, en algún momento Oliver pensó que el
cuervo que sobrevolaba el monte lo miraba por un instante y eso definitivamente
lo había sacado de su cómoda burbuja, pero aun así estaba decidido a ver qué
pasaba y siguió subiendo.
Para su sorpresa, al final del camino en la cima
del monte no había nada. Miró al cielo y vio como el cuervo seguía volando en
círculos. Rowen emprendió el vuelo y comenzó a notar que se acercaban más y
más. El otro cuervo era mucho más grande y viejo que Rowen, y temió por la
seguridad de su amigo.
- ¿Son Familia?
- Algo así. – respondió una voz tan grave como el
sonido de una roca gigante moviéndose dentro de una caverna, lo que hizo que el
peso del muchacho se fuera a sus rodillas y palideciera en cuestión de
segundos.
Oliver se dio vuelta sobresaltado y vio a una
enorme persona detrás de él. Quien le había respondido era un hombre alto, de
casi dos metros de alto y una espalda de al menos noventa centímetros. Tenía el
pelo levemente ondulado que rosaba como un cariño débil sus hombros, y una barba
que parecía apenas arreglada. El hombre aparentaba unos treinta años, pero con
un cuerpo totalmente sano y juvenil, vigoroso. Cruzado al torso llevaba una
correa que hacía ocultar una espada que estaba dispuesta en su espalda,
cubierta por una capa negra que le llegaba a la mitad de la pantorrilla,
dejando ver sus botas negras y relucientes.
- ¿Quién es usted? – preguntó Oliver una vez que
salió del shock.
- Ya habrá tiempo para eso. – el hombre le entregó
una amplia sonrisa que desentonaba con la grave y poderosa voz del individuo.
- ¿El cuervo es suyo?
- Está a mi cargo, si a eso te refieres.
- ¿Cuál es su nombre?
- Eustace.
- ¿Se conocían con Rowen?
- Eso parece, ¿no?
Oliver miró nuevamente al hombre. Aunque algunas personas
pensarían que se veía agresivo, el chico no sintió una pisca de miedo por
tenerlo cerca, ni menos lo intimidaba. Por el contrario, aquel hombre le hacía
sentir una extraña sensación de confianza.
- Vamos, Rowen, creo que se nos podría hacer tarde.
- ¿Ya te vas? – preguntó el hombre mirando
extrañado a Oliver.
- Vinimos por un encargo. Ya nos debemos ir.
- Lástima. Espero nos veamos luego. – el hombre
miró a Oliver y le dio una sonrisa. – No nos quedaremos por mucho tiempo, y
tienes un futuro prometedor.
Oliver miró al hombre asustado. ¿Cómo era posible
que aquel personaje, al que por primera vez veía le dijera algo así?
- ¿por qué dice eso si no me conoce? – preguntó Oliver
con un tono de alarma.
- Yo lo sé todo. – el hombre había sacado un
cigarrillo y lo encendía mientras le respondía. – Soy el capitán cuervo.
Oliver lo miró extrañado, pero quedó estupefacto
cuando en un abrir y cerrar de ojos el hombre desapareció con el graznido de su
cuervo, el que también había desaparecido. Rowen descendió hasta el hombro de
Oliver quien lo miró de reojo.
- Algo extraño esta por acontecer, Rowen. De eso no
hay duda.
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