Eliot cerró la puerta y la habitación volvió a
estar en silencio. Sintió como sus pasos se alejaban y como abría la puerta de
su habitación. Volvió a mirar donde estaban sus pertenencias para cerciorarse
que las había dejado en un lugar seguro, y se levantó sólo con el sporran
encadenado a la parte trasera de su kilt. Cuando abrió la puerta lo embriagó un
fuerte olor a azufre que emanaba la habitación de Camille. Se dispuso a caminar
por el metro de pasillo que lo separaba de la habitación del capitán y atravesó
la puerta que estaba abierta.
La habitación era mucho más amplia que la del
muchacho, la madera era negra sin perfume conocido. La cama estaba al fondo de
la habitación, al lado se encontraba un escritorio y una silla donde descansaba
su capa. Las paredes estaban repletas, una con libreros completos y la otra con
espadas y pistolas.
- Siéntate. – le dijo Eliot a Oliver quien había
empezado a leer los títulos de los libros que se encontraban en la habitación.
El chico miró alrededor por si encontraba dónde
sentarse, hasta que vio cuatro sillones dispuestos formando un cuadrado con una
mesa en el centro, pero no fue eso lo que le llamó la atención. Oliver se
acercó dónde estaban los sillones mirando fijamente un cuadro que se encontraba
en la pared mirando los asientos. Era un retrato de una mujer vestida de negro
con una débil sonrisa. Sus manos estaban tomadas y sobre su regazo, y de su
cuello colgaba un colgante con una
piedra negra de al menos una pulgada de diámetro.
- No eres el primero en deslumbrarte por la belleza
de Karylle. – Eliot estaba sentado mirando las espaldas de Oliver con una
sonrisa embobada mientras recordaba a su amada.
- ¿Te casaste?
- Por supuesto. Pero de eso han pasado varios años.
Oliver encontraba extraño los cambios de tono que
tenía Eliot. A veces sonaba duro y con carácter fuerte, pero en otras su voz
sonaba apacible y familiar.
- ¿De qué me quería hablar, capitán? – Oliver
volteó para mirar a Eliot a la cara.
- No es necesario que me llames por el título.
Eliot está bien. Para lo que te llamaba, - Eliot se acomodó en el asiento y
encendió un cigarrillo. – era para decirte que todos los días luego del
desayuno tendrás una hora de entrenamiento.
- ¿Entrenamiento? ¿Para qué?
- ¿Cómo que para qué? ¿Quieres que la espada de tu
padre sirva sólo para guardar polvo?
Oliver miró sorprendido a Eliot. No pensaba en
entrenar con la espada, no se veía tomando un arma o peleando como los piratas
de los cuentos, aunque a decir verdad los libros no estaban tan lejos de lo
poco que había visto en el barco.
- En efecto, Oliver, - la voz de Eliot se escuchaba
clara, dura, y exigía respeto – esa espada llegó a tus manos por una razón.
- ¿Y cuál sería esa razón?
- Si tú no sabes cuál es ese destino, ¿Por qué
debería saberlo yo?
- No entiendo cuál es el afán de la gente de
restregarme en la cara que las cosas pasan por algo, que quizá mi destino es
estar acá o allá, que mi padre aquí y allá. ¡Entiendan que es difícil
comprender si no sé nada de ellos! – la última gritada frase terminó y el
silencio abrupto se tomó la habitación por completo. Por un minuto, Oliver
temió por su vida. – Debe comprender, capitán, - Oliver bajó la mirada – que
con lo poco y nada que se de mi padre, no me llevará a ningún lado.
Eliot siguió fumando su cigarrillo con el ceño
fruncido.
- Las respuestas llegarán con el tiempo, Oliver.-
el muchacho lo miró a la cara exhausto, sentía que cada vez que le ocultaban
algo importante, sea por que no sabían o por que no se lo querían decir,
alimentaban la oscuridad en la consciencia de Oliver. – Yo conocí a tu padre.
Yo luche al lado de él.
Oliver abrió los ojos sorprendido y su peso calló a
sus rodillas. El hombre que tenía al frente no sólo conocía a su padre y había compartido
un par de palabras son él, sino que habían estado en la misma batalla.
Seguramente ese tétrico personaje fue testigo de la muerte de aquel hombre que
abandonó a su bebé a la suerte. Lo más probable era incluso que ese hombre haya
escuchado sus últimas palabras.
- Cómo… ¿cómo conoció a mi padre?
- ¿Que sabes de Edmund Lancaster?
- ¿Edmund Lancaster? No me suena. – Eliot lo miró
sorprendido – ¿Familiar suyo?
El capitán lo seguía mirando sin entender como el
chico no conocía a dicho personaje. Se levantó y miró por la ventana de su
habitación. Ya estaba anocheciendo, sólo las velas daban una tenue luz que
apena hacia diferenciar las muebles de las sombras.
- Creo que otro día seguiremos esta conversación,
ya es tarde y debes descansar. Mañana empieza tu entrenamiento a primera hora.
Eliot se dio vuelta y el muchacho seguía inmóvil.
Se acercó lentamente a uno de los libreros y comenzó a buscar cuidadosamente entre
los títulos. Se detuvo en un extenso libro de cubierta azul, letras plateadas,
pero de hojas achatadas. Se acercó al muchacho y se lo entregó.
- Esto es algo de la historia de Avalon. Te
enseñará una que otra cosa y probablemente te entregue información que te
parezca relevante.
Oliver tomó el libro y miró la tapa en silencio. ‘La Historia Chii’ se leía en la cubierta
con letras opacas por el uso. Sin expresión alguna en su rostro ni pensamiento
en su consciencia.
- Gracias. – dijo el chico en voz baja.
- Es mejor que te vayas a dormir.
El chico salió de la habitación del capitán y cerró
la puerta a sus espaldas. Se quedó detenido un momento junto a la puerta con el
libro apoyado en sus espaldas y la mirada fija en el techo, como si esperara
alguna voz divina que inundara sus pensamientos. Dio un profundo suspiro y se
encaminó a su habitación.
Luego de echarse a la cama a descansar, se sacó el
sporran levantando su pelvis en el aire. Lo dejó al lado de la cama en una
mesita que estaba cerca, y tomó el libro para empezar a hojearlo.
El libro contaba la historia de Avalon, su
fundación y sobre las hermosas criaturas llamadas ‘Chii’. Decía que eran elfos
que vivían en los recónditos bosques, y tenían sorprendentes poderes como la
predicción del futuro y la curación. Según la leyenda, los Chii habían
aparecido siglos antes de que los hombres llegaran a las islas de Avalon, y se
habían establecido en los bosques lejos de donde los hombres los pudieran
encontrar.
Oliver empezó a revisar las imágenes. Las letras ya
se le confundían y no le entraba nada en la cabeza. Los dibujos cada vez se hacían
menos legibles hasta que las páginas con olor a viejo cayeron son suavidad
sobre su rostro, y sus manos reposaron sobre su pecho. La vela se apagó a los
minutos dejando un espiral de humo que ascendía como la consciencia del pequeño
que se hundía en profundo sueño.
El muchacho sintió como algo le rosaba la cara
horas más tarde. Lentamente abrió los ojos, que cegados por la luz que entraba
por la ventana apenas podía distinguir qué era lo que tenía frente a su mirada.
Khala lo miraba con una sonrisa amistosa, sus
cabellos castaños rozaban el pecho de Oliver y cuando apenas abrió su boca para
decir algo el chico abrió sus ojos asustado, dejó escapar un pequeño grito,
alejó a la chica de su rostro y se sentó en la esquina opuesta de la cama. Todo
en una fracción de segundos.
- Lo siento. – Dijo Khala riendo por la reacción
del chico – Sólo te vine a despertar. Eliot ya está tomando desayuno en su
despacho.
- Si, gracias. – Oliver tragó saliva aun sin que el
alma le volviera al cuerpo. – Discúlpame.
- No te preocupes, debí golpear primero. – Khala se
ordenó el cabello y salió de la habitación sin cerrar la puerta.
Oliver dejó el libro en la mesita donde la noche
anterior había dejado el sporran, el que sacó y se colgó al kilt. Salió de la
habitación, y bajó las escaleras esperando encontrar ahí el comedor.
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